jueves, 15 de enero de 2009

Pequeña contribución

De cómo San Orín envía su ayuda a los que respetan sus enseñanzas.

No hay momento, ni lugar, que excuse honrar a San Orín con alabanzas. Pueden ser quedas, como chorrillo inaudible, o manifiestas, como mear contra un muñeco de nieve. Cortas, como las gotitas que caen a medio congelar en el castillo, o largas, como el chorrazo que cubre la distancia entre la barandilla y el río a las siete de la tarde del lunes de bailas. Oigamos la palabra sagrada.

Pues nuestro querido Pas, ahora el Pringado, se hallaba en estado de éxtasis provocado por diversos espirituosos, y en compañía del Pollo, en estado similar, entonó la alabanza con mudo orar. Pues estando con ellos en la pradera junto al Duero pude notar la templada humedad que salpicaba desde la olisma. Y mirando al suelo, alarmado, contemplé dos chorras de desigual tamaño, que al unísono desprendían el cálido chorro que me hizo orar en un Cagüen Diós como la catedral de Burgos, donde San Orín nos observa dejando caer su chorro desde las hornacinas. Tal fue la muestra de fervor de los fieles, y tanta mi falta de fe, que envió San Orín un camión para sacar a los fieles de una olisma y ponerlos en otra mayor, y bajo su protección los llevó, y los depositó a salvo contra todo pronóstico al otro lado de un río bravo cual Mar Rojo, dejando a los incrédulos con la boca abierta y la chorra dentro, mudos ante el milagro, y con una sola consigna: ¡Creed!, pues él nos ama, y nos salvará cuando todo esté perdido. O cuando lo hayamos puesto todo perdido, no recuerdo bien.

Or(in)emos al señor!

Lo del traje me parece de puta madre, y al Pas sin duda le va a encantar. "¿Porqué cojones tengo que ser yo el señor rosa?" Jijiji

Kaiser

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